Continuamos con la crónica, ese género híbrido que pinta la realidad con las palabras. En nuestro continente real y mágico la crónica reina sobre las otras formas periodísticas y se alza con exponentes jóvenes irreverentes en el verbo y acuciosos en el oficio.

La revista Gatopardo se bate entre crónicas y reportajes magníficamente escritos (la delgada línea que divide los géneros). De los buenos, los mejores.  Del libro: “las mejores crónicas de Gatopardo” extraemos parte del trabajo de la periodista venezolana Maye Primera sobre su experiencia en Haití.

 

                   Un año en la vida de Haití

“Herosia jura, por Nuestra Señora de la Asunción, que Brunny, el menor de sus cinco hijos, dejó de crecer el 12 de enero de 2010 a las 16:53 horas, en el mismo instante en que Puerto Príncipe, la capital de Haití, tembló con un terremoto de siete grados en la escala Richter que mató a más de trescientas mil personas.

—Tiene cuatro años y míralo, parece de tres. No ha crecido ni un centímetro desde el día del terremoto. El niño no crece porque aún tiene miedo.
Lo que Herosia fue a pedir a las imágenes de los santos, aún tapiadas bajo las ruinas de la Catedral de Notre-Dame de L’Assomption, durante la misa que se celebró el 12 de enero de 2011 en honor a las víctimas que se tragó el seísmo, es que salven a su hijo de las llamas del miedo. Para que crezca robusto, como ella. Para que consiga el trabajo que ni ella, a sus treinta y cuatro años, ni el padre del niño han conseguido nunca. Para que, de grande, se largue de la sucia Rue de Sufill en el centro de Puerto Príncipe: el lugar donde estaba la casa de la familia y donde desde hace un año está la carpa con el logo de una agencia de cooperación en la que viven todos.

“Oh, señor / mi señor / ruego que tu amor esté con nosotros”.

Herosia encontró un espacio para rezar donde antes estaban las puertas de la catedral. Ni un escombro se ha movido desde que, hace un año exacto, el temblor la destrozó junto a la casa de un millón y medio de haitianos. Sus vitrales siguen en el piso junto a los hierros de las columnas, del techo, de los dinteles. Hay más sombra bajo los sombreros de las mujeres que dentro de la cáscara de lo que alguna vez fue un templo. Pero la Iglesia son sus fieles, dice la Biblia, y si eso es verdad, la Iglesia de Puerto Príncipe es esa masa compacta, vestida de domingo, que alza las palmas blancas de las manos negras, que suda y huele a incienso, que canta y grita y se aprieta y se balancea bajo el sol de las nueve, en el lugar donde solían estar las escalinatas y la plazoleta.

Con el resto de la ciudad pasa lo mismo: lo que la tierra no se tragó en enero, lo escupió a las calles y allí sigue. Las ventas de arroz robado a las misiones humanitarias. Las peluqueras y los barberos. Los especialistas en curar llantas ponchadas. Las mujeres que se agachan y orinan en la acera. La botella de whisky a cincuenta gourdes, que es poco más de un dólar. Las ofertas de ropa gringa de segunda mano. Y niños, muchos niños, que llenan la calzada de lunes a viernes con el uniforme de la escuela.

Atrapadas entre el hacinamiento de las calles van las tap-tap: las pick-up que se encargan del transporte público en Puerto Príncipe. Atrapados en sus cabinas viajan treinta haitianos donde sólo deberían viajar diez. Van o regresan de ningún trabajo. El creole, la lengua haitiana, tiene una palabra para ese oficio duro que es no tener oficio: degajé. Viven del degajé los hombres que escrutan en los escombros buscando metales, piezas eléctricas, cacharritos que luego podrán vender en las aceras. Viven del degajé, las mujeres que cocinan pollo y arroz con frijoles en cualquier esquina y venden el plato en cajitas de anime “para llevar”. Degajé es buscarse la vida y, al final del día, siempre la consiguen.

—Aquí no todos hemos muerto. Hoy es el día de dar gloria a Dios.

El dios de Marie-Rose Senestile no quedó atrapado en las ruinas de la catedral, pero el temblor atrapó y mató al marido de una de sus hijas dentro de la casa donde vivían todos, en el barrio de Carrefour Feuille, que ya no existe. Dejó vivos a sus cuatro hijos sin padre, a otro yerno y a un cuñado que, ahora, viven con ella en el campamento de la plaza Toussaint Louverture, en los Campos de Marte, frente a las ruinas del Palacio Nacional de Gobierno. Marie-Rose tiene cuarenta y ocho años y los hijos que el señor le dio: el mayor tiene treinta y el menor, ocho. Ella es evangélica y predica la palabra de Dios en letra de kompa, una mezcla de reggae, merengue y salsa elevada al cielo desde los parlantes de un camión que recorre el centro y llega al cementerio principal. Allí, entre las tumbas, Shiller Saint Eloi está por darle la última pincelada al mural que armó sobre la fosa común, donde está enterrada una mínima parte de las trescientas mil víctimas del terremoto: cincuenta camiones rebosantes de cadáveres. Los demás están en las fosas comunes de Saint-Christophe, en Titanyen, a una hora en auto desde Puerto Príncipe. Y hay más muertos, pero siguen tapiados entre las ruinas de sus casas y ninguna estadística ha sido capaz de contarlos. En el marco inferior del boceto de Saint Eloi hay escombros, niños aplastados por bloques de concreto, llantas incendiadas, un ataúd. Sobre el ataúd, un hombre de traje y corbata cuenta un fajo de dólares. Sobre el hombre de traje se asoman dieciocho cabezas sin rostro.

—El del centro es René Préval [el presidente de Haití] y los que están alrededor son los candidatos que buscan sustituirlo. A los que llegan o quieren llegar al gobierno sólo les preocupa su interés personal”.

 

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