Por @MajoTua
Corre una serie de días en los que Maracaibo no tiene tregua ante el calor. Un cuarenta y siete ha sido el número más insoportable de las últimas jornadas; más insoportable que el ocho con dos ceros para comprar un dólar.
Por eso, el 30 de septiembre el despertar no tiene más expectativas que el saber cuánto está enfriando el acondicionador de aire, pero tras algunas lagunas mentales cae el níquel de que es el día en el que cinco periodistas caraqueños comienzan a marcarle el sendero al resto de sus compañeros por el interior de Venezuela.
La historia se remonta al 4 de agosto del corriente, cuando María Fernanda Flores, la flaca, periodista y ex vicepresidenta de Globovisión, pintó algunos bocetos de lo que define como su nuevo sueño, una escuela itinerante de periodismo que recorra el país con foros alentando a estudiantes y periodistas a ejercer el oficio con pasión y responsabilidad en la Venezuela que padecemos, tal como lo contó en Shirley Radio, del circuito Éxitos, a las diez de la mañana de un martes solarizado. Ya adelantaba que el primer viaje lo harían María Isabel Párraga, Gladys Rodríguez, Pedro Luis Flores y Unai Amenábar a Maracaibo, estado Zulia.
Después de develar la fecha del primer encuentro, todo apunta a que el 30 de septiembre es el día en el que comienzan unas y terminan otras cosas.
Al cruzar la puerta del salón de usos múltiples de la Universidad Rafael Belloso Chacín y tras dar la identidad caen en las manos una libreta multicolor y un lapicero negro.
A primera vista, el escenario está dispuesto para la cercanía, y no sólo por los pocos inscritos, sino porque así lo predetermina María Fernanda Flores, quien antes del protocolo
de Nikary González, la moderadora y representante local, ya ventea los brazos y sonríe saludando.
Es imposible no estar cómodo, aunque el artificio esté armado para hablar del periodismo en Venezuela. Desde antes ya se veía a la flaca en lo de siempre, haciendo todo sin notarse en nada; estando detrás de grandes sembradíos sin posar con la cosecha en sus manos. Pero nunca pasa inadvertida, como alguna de las cosas que Gay Talese miró en Nueva York. Es que es muy difícil que el brillo de sus ojos no sature el plano ni que las comisuras a los lados de su franca sonrisa no partan en dos los imposibles tras su esfuerzo por lograrlos.
Nikary González toma el control del evento y se da su tiempo de perfilar a los ponentes, quienes como pocas veces permanecen serenos ante un acontecimiento. A continuación, María Isabel Párraga sale de primera tras el pitazo, y la metáfora le favorece tras su presentación como editora de publicaciones deportivas. Pero esa especialidad no la define. No sólo por sus pantalones de tela y sus zapatos cerrados negros, sin tacón alto, es que se la ve como una profesora universitaria, sino que su entonación, expresión y cátedra también completan el look para hablar de Pullitzer, Hemingway, Capote, El Gabo, Fallaci y Yoani Sánchez usando sus lentes tipo Doktor de pasta fucsia.
Párraga va haciendo comentarios sobre el amarillismo, la corresponsalía de guerra, el arte en el periodismo y cómo no transgredir los límites empleando la verdad de los datos recabados con la investigación. Y luego de que deja colar un «¡Qué loca, pana!» para definir el oficio y carácter de Oriana Fallaci es que lega Los cinco sentidos del periodismo de Kapuściński a los ávidos niñitos, como ha llamado a los oyentes.
Mientras se calma la ebullición por la llegada de Lisbeth Ramos Sol al foro, es que el auditorio se entera de que ella, Lichy, viene a completar lo que Pedro Luis Flores ha llamado el triunvirato gerencial de Globovisión; ese que permaneció veinte años en su sede de la casita de la Florida en las piernas de Ramos Sol, el ojo de Elsy Barroeta y entre las manos de María Fernanda Flores; ahora están sentadas, todas ellas, en pupitres al borde de una sala espejeada. Quizás, como el trayecto de un búmeran, las luchas siempre tengan que volver a las aulas, desde donde comenzaron a ser lanzadas.
Es ahora el tiempo de El valor de los valores, es decir, de la ponencia de Gladys Rodríguez. Muy bien titulada para ser expuesta por quien antes de hacerse consciente de su madera como periodista ya llevaba inserta la palabra credibilidad en su background. Cuenta que después de abandonar la convicción de ser publicista fue que consideró, como hasta ahora, que ese valor es el principio activo del periodismo. Y con él marca el punto de partida para conversar sobre la congruencia entre el decir y el actuar en esta profesión.
Tras esos primeros esbozos, ya ha logrado que los asistentes recaigan un cien por ciento en sus consideraciones sin terminar de irse tras los diseños de su colorida maxifalda; una combinación de rojo y azules que no hace mella sobre su sobriedad.
Rodríguez pone el resaltador sobre las palabras honestidad y empatía antes de citar una ley de vida: «Cuando no tengas nada bueno que decir de alguien, mejor no digas nada». Pero el aura se rompe cuando sin tapujos la flaca María Fernanda suelta un sincero: «Eso no lo creía Oriana Fallaci». En el descanso, cuando por fin se disipa la cola en el stand de Estación Central de Café porque se acabó la leche, Madeleine Palmar, reportera zuliana, logra llevarles negritos
a sus estimadas exjefas del triunvirato para seguir ahora con la ponencia de Pedro Luis Flores: La opinión como género urgente.
Flores rememora el tiempo en el que entrenaba pasantes en Globovisión. Luego de esos chispazos de memoria, fija su acostumbrada formalidad a enterarnos de que la urgencia de la opinión deviene de la penetración de una doctrina anti medios en todas las capas de la sociedad, incluso en la de los estudiantes de periodismo. Con el iPad sostenido en la mano izquierda, diserta sobre la editorialización después de haber reproducido las expresiones de Leopoldo Castillo, Dhamelis Díaz, Marietta Santana y Oscar Yánez cuando fueron líderes de opinión en la audiencia nacional. Así marca dos tiempos: uno en el que se opinaba y este, en el que se teme opinar. Esto sin dejar de destacar que las presiones siempre han existido, pues la verdad nunca ha dejado de incomodar.

Como Rodríguez, Flores reivindica la empatía en el ejercicio del género; y tan suave como notorio, tal cual su chaqueta de gamuza azul rey, insiste en que practicar la empatía no es militar en partidos políticos.

Esa «peligrosa excusa» recién nombrada en el foro bajo el sustantivo de neutralidad sirve para una interrogante en voz de Nikary González. Desde su podio de presentadora pregunta a Pedro Luis, quien va camino a su silla:

˗Poner una noticia de un polo seguida de una nota del otro, ¿no es equilibrio?
˗No, esa es una mariquera ˗le responde María Fernanda Flores desde su pupitre.

Así confluyen las risas hasta llegar al formalismo de Unai Amenábar, otrora ancla
del noticiero Venevisión. Todo es ceremonia hasta que una fan enamorada se sienta en el suelo a grabar con el celular su exposición sobre Periodismo con P de presión. Los lentes para la presbicia color fucsia la delatan más bien como una fan esposa enamorada. María Isabel Párraga dijo antes que hay que hacer pareja con otro periodista basada en su experiencia de matrimonio con Amenábar. Y aunque no la citara entre las razones, la admiración es una de las más importantes.
Amenábar no deja de recordar en la lejana Caracas la cercana censura a César Miguel Rondón por, paradójicamente, no haber pronunciado palabras. De ese modo suelta apellidos para el periodismo como el de «tabla de salvación». Y aunque la expresión de que el periodismo está para «pellizcarle las nalgas al poder» tenga tanta hilaridad entre los presentes, la que permanece más tiempo en el glosario de referencias es esa de que «no hay cosa más aburrida que periodista gobiernero».
Así concluye el foro. Ya no falta más que una foto grupal para dejar constancia de dos cosas; una de la alegría del reencuentro con los amigos, y otra: del valor de la formación del periodista.
Mientras María Fernanda procura que el chamo que viajó desde Valencia salga en primer plano, otros reflexionan para sus notas que de la primera página de la Escuela Itinerante de Periodismo se resaltan palabras y acciones. La primera acción es el itinerario, propiamente; y entre las palabras, las de que el periodista es un muro de contención al borde de la marea enardecida de los ciudadanos y la sequía inexorable del gobierno. No es equilibrio, no es neutralidad, es responsabilidad.
El 30 de septiembre comienza la Escuela Itinerante de Periodismo. Lo que termina es
la desmotivación, pues estos itinerantes andan para recordar que padecen el periodismo, el vicio de Vargas Llosa, y que aunado a eso Venezuela huele y sabe muy propia como para no quedarse más bien a cambiar el bombillo.
El primero de octubre lloverá, y pasado mañana, 2 de octubre, hasta hará un agradable frescor en la ciudad marabina. Mientras tanto, se añorará «el orgasmo de la primicia» al borde de una página en blanco, como bien lo decía Gabriel García.
-María José Túa